Domingo 05 de Septiembre de 2010
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Primavera Alpina, Por Oriol Baró

 

Este año, después de Semana Santa, entre los compromisos de trabajo y el dichoso papeleo  para que me dieran la esperada titulación y la chapa de guía UIAGM, la escapada no ha podido ser tan larga como hubiera querido.
 
A mi compañera recién llegada de Marruecos, le cambio el calorcito y los pies de gato ajustados para aferrarse a las compactas placas del Taghia, por unas horas de coche en busca del "Grand Beau" alpino.

La llegada a la Berarde es de lo más esperanzadora, calorcito y la nieve que se ve cerca. Sin entretenernos demasiado, hacemos la mochila, que como siempre resulta demasiado pesada. La primera hora de camino es a pie, así que tendremos que llevar todo el equipo de esquí en la espalda. Pero cuando nos calzamos los esquís ya se ve al fondo la imponente silueta de la Meije de 3982 m, la reina del Oisans. Nos cuesta casi seis horas  llegar al refugio de Promontoire.

Realmente el lugar es maravilloso, un refugio colgado en medio de un espolón de roca a más de  mil metros de altura, con la imponente cara sur de la Meije detrás.

Nos decidimos por la vía Allain, es la más clásica de las vías que recorren toda la cara sur. Como hay bastante nieve en la pared nos llevamos grampones y piolets para bajar por la normal. Por la mañana el frío es punzante pero las buenas condiciones nos hacen avanzar rápidamente; en cambio, al llegar a la zona media de la vía, los regueros de agua y la nieve en los neveros  nos obligan a muchos cambios de calzado.
 
Son las cuatro de la tarde cuando llegamos a la cima de esta espléndida montaña, solos y sin ningún rastro en la nieve disfrutamos del espectáculo aunque preocupados por el difícil descenso que nos espera. ¡En casa dicen que los justos van al cielo! Pues nosotros entramos en el refugio con las últimas luces del día. Al día siguiente disfrutaremos de una bajada memorable hasta cerca de la Berarde.

Todavía no ha comenzado el mes de junio y ya hemos hecho una "grande curse" roquera en los Alpes, esto pinta bien.

La semana siguiente la pasamos en los Ecrins, una vía  de roca con esquís para llegar a la pared en Las Bandos y una más deportiva en la Tete d'Avall. El tiempo está bastante revolucionado, pero aún así decidimos probar suerte en Chamonix. La llegada a la meca del alpinismo es bastante desalentadora, llueve a cántaros, pero Luichy, un amigo de la Ribagorza, nos ha pasado una reseña de una vía un poco más abajo de Chamonix que se podía hacer aunque lloviera. La pared de la Madaleine es espectacular, desplomada y con buenas vías del Piola. El día está nublado, pero no llega a llover y podemos disfrutar de una  buena escalada a pesar de las vistas a la autopista.

Al día siguiente mejora el tiempo y después de comer cogemos el tren de Montenvers. La mochila es exageradamente pesada. El refugio de Envers está aún sin guarda y llevamos comida para estar en él una semana. Todavía hay mucha nieve y el último trozo de camino se hace eterno, con el refugio a la vista y sin poder llegar a él. Las paredes están algo mojadas y las repisas  con nieve, pero vamos escalando y avanzando. Hacemos dos vías, después un día de descanso y dos vías más. Todas las rutas que hemos escalado tienen el sello Piola; ¡qué trabajo que ha hecho este incansable aperturista!

Reseguimos las fisuras de la primera pointe los Nantillons, L'Aiguille del Roc, la Pyramid y la Torre Rouge. El tiempo no siempre es perfecto pero, el hecho de rapelar todas las vías y la proximidad del refugio, permiten probar suerte todos los días.
Cansados de comer cuscús, polenta y después de seis noches solitarias en un lugar maravilloso, encaramos el camino de la Mer de Glace y el tren de Montenvers.

Chamonix no es el Chalten y el asado lo tenemos que cambiar por un menú de mediodía en uno de los numerosos restaurantes. Al día siguiente con una meteorología  bastante deplorable encaramos el camino hacia el último destino: Dolomiti. Sólo tenemos una idea en la cabeza: la cara sur de la Marmolada y una vía la Vinatzer-Messner.

La temporada de escalada aún no ha comenzado, además este año ha nevado muchísimo. Siguiendo las instrucciones de Giorgio, un pizzero-escalador de Caprile, dejamos de lado la Vinatzer que estará muy mojada  para atacar la ultra clásica Don Quixote.
La previsión dice que hará mucho calor y viento. Cogemos el Gore-Tex® y poca ropa de abrigo. La vía se hace bastante bien: primero una parte sin encordarnos, después unos largos al ensamble y un poco antes de la gran vira ya vamos a tiradas. La parte superior es la que da fama a la vía y bien merecida. Compactadas losas calizas donde cuesta bastante encontrar el itinerario, la dificultad de las últimas tiradas  y el fuerte viento nos hacen sufrir un poco hasta llegar a la cima. La bajada es por el lado norte, un glaciar y una estación de esquí nos dejan a unos kilómetros del coche. A las siete de la tarde ya nos comemos una pizza con Giorgo, hemos disfrutado de lo lindo, estamos muertos.

Hace unos años que Santi, un amigo catalán se  instaló con su esposa en el Valle di Zolder a una hora escasa de Caprile. Esta vez tenemos la excusa perfecta para visitarlo. Es un habitante más de las dolomitas, trabaja de guía y conoce perfectamente todos los rincones, tanto de verano como de invierno. Después del merecido descanso todavía queda un día de buen tiempo y aprovechamos para ir a la Rochet alta de Bosconero una pared típicamente dolomítica. Santi nos aconseja la vía Strobel una escalada exigente del famoso Sexto Grado, la vía resulta buenísima un poco difícil de encontrar en la parte baja y más evidente después. El problema lo encontraremos en la bajada, una canal llena de nieve nos hace sudar de lo lindo, con las zapatillas y una piedra en cada mano en forma de piolet. Llegando al coche la lluvia se hace intensa, además las ganas de escalar están  ya bajo mínimos.
 
Nos hemos ganado las cervezas e incluso una noche romántica en Venecia.


Paula Alegre y Oriol Baró

 

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