Domingo 05 de Septiembre de 2010
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Fragmentos del diario de viaje de Eduard Sánchez y Jordi Magallón. Invierno 2002-2003Oriente medio e

 

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Desde la costa de Turquía, hemos hecho bastantes kilómetros. El último tramo lo hicimos en bus, unos 250 Km., pues es una zona industrial, sin mucho interés. Fuimos de Mersin a Antakya y desde allí pasamos a Siria. Ya al cruzar la frontera, notas un cambio substancial en la forma de funcionar y de ser de la gente. Turquía es bastante europeísta y se nota. En cambio en Siria se puede respirar todo el encanto del Islam.
La primera ciudad que visitamos fue Aleppo, tiene una gran ciudadela encima de una montaña, es muy impresionante. Pero lo más atrayente de la ciudad es el Zoco, casi 8 Km de callejuelas cubiertas de grandes bóvedas y llenas de comercios y de gente. Si no fuese por las mini furgonetas Suzuki que molestan a la gente, se diría que no ha pasado el tiempo desde la Edad Media... tiendas de especias, alfombras, carnicerías... ¡Todo un mundo!
Después fuimos hacia Apamea en una larga jornada de 150 Km. con un frío terrible. Visitamos las ruinas, un poco de estranquis para no pagar la entrada. Al buscar un sitio para comer y dormir nos dijeron que no había nada, pero fuimos a dar con el amo de un restaurante que a pesar de estar cerrado abrió para nosotros. Cenamos de maravilla y después nos dijo que podíamos ir a dormir a casa de un amigo suyo. Nos ofreció una habitación con alfombras y colchones y dormimos de fábula.
El día siguiente fue terrible. Llovió toda la noche, y aunque por la mañana no llovía, nos pusimos de barro y de agua hasta la cabeza en los 50 km que nos separaban de Hama. Llegando a tiempo de buscar hotel y coger el autobús hacia el Krak des Chevaliers. El Krak es un impresionante castillo del tiempo de las cruzadas y que está en perfecto estado de conservación. Es una mole gigante llena de cámaras y pasillos secretos... Dicen que aquí estuvo Ricardo Corazón de León mientras Robin salvaba a Lady Marion...
Hama es una tranquila ciudad muy agradable para estar unos días y hacer excursiones por los alrededores. Como la antigua ciudad de Palmira, un oasis en medio del desierto, que maravilla por la magnificencia que debía tener la ciudad a pesar de estar en medio de la nada.
También es la ciudad de los molinos de agua, que llevaban el agua del río a los campos del alrededor, algunos son enormes, hacen más de 20 metros y aún ruedan después de 800 años.
Y de Hama partimos hacia Damasco. Un memorable día por la autopista con el viento en contra bastante seco y sin ningún restaurante a la vista. El cuenta kilómetros a 8 por hora y larguísimas rectas por delante... Al final del día cuando ya no teníamos esperanzas, ¡un milagro! Un restaurante salvador, Ala Akbar (Dios es grande): podemos comer hasta saciarnos. Después nos ofrecen la mezquita para dormir. Fuera hace un frío que pela y el viento se cuela por todos sitios. Además un energúmeno viene a dormir con nosotros y no para de roncar en toda la noche. También viene gente a rezar... Total que no dormimos ni cinco minutos.
Por la mañana no hace tanto viento, pero el camino continúa subiendo hasta el pueblecito de montaña de Maloula. Aquí la gente aún habla la lengua de Jesús, arameo, y son cristianos ortodoxos. El camino hacia Damasco hace bajada, pero llegamos con la última luz después de 140 km.
Damasco tiene más encanto del que esperábamos, y nos sorprende la cantidad de gente que hay por la calle. Acaba el Ramadán y todo el mundo sale a la calle hasta la madrugada. Parece la noche de Reyes, todos comprando hasta tarde. Encontramos una tienda donde hacen helados artesanos, en el zoco, riquísimos.
De Damasco a Bosra, para ver un enorme teatro romano para 15.000 personas, muy bien conservado. Aquí dormimos en un restaurante y por la noche nos invitaron a fumar una pipa de agua, es muy agradable, con gusto a manzana y estamos dos horas fumando y hablando con una pareja de alemanes que van a Ciudad del Cabo en moto.
En Bosra pasamos la frontera y vamos a Jerash, otra maravilla romana. Como es tarde y no hay sitio para dormir, cogemos el autobús (50km) y llegamos finalmente a Amman.
Hasta aquí han sido 2000 km de bicicleta y 1500 km en autobús (600 de ruta)
He decidido ir hacia Jerusalén solito. Subí más de mil metros de desnivel y con el viento en contra (¿porqué nunca sopla a favor?). Pasé dos días allí, lloviendo, pasando frío, y viendo como palestinos y israelíes intentan convivir en un reducto tan pequeño como es la ciudad vieja. Viven juntos, pero no llegan a tocarse, incluso los israelíes tienen pasillos por encima de los tejados para no tener que pasar por el barrio musulmán. En la ciudad reina la calma, una calma tensa garantizada por una fuerte presencia policial (israelí) y por cámaras de televisión en cada esquina. Los turistas israelíes llevan escoltas armados, y los escolares, ¡profesores con metralleta! No es extraño, tampoco, ver jóvenes volviendo a casa con la escopeta bajo el brazo.
Salí de Jerusalén lloviendo, y después de una bajada de infarto (78km/h de máxima) llegue al Mar Rojo, por el lado Jordano, habiendo pagado la no despreciable suma de 33 euros por salir de Israel. Por la tarde me bañaba en unas aguas que no te permiten sumergirte, sólo puedes estar con la barriga al aire. La sal pica por todas partes: boca, nariz, ojos, y heridas que ni sabías que tenías... Para endulzar la cosa ¿Qué mejor que unos ríos termales que desembocan allí mismo? En fin una experiencia sublime después de tantos días de frío.
No era más que la calma antes de la tempestad. Por la mañana, estaba durmiendo en la playa, y vino la policía a informarme muy amablemente que estaba prohibido dormir allí. Me dijeron que la próxima vez podía tener problemas, haciendo una señal con el dedo en el cuello.
Unos kilómetros más adelante está el cruce que lleva a Petra, allí estaban dos franceses, que también viajan en bicicleta, haciendo autostop para hacer la subida. Habían estado dos semanas con diarrea y no tenían fuerzas. Yo, valiente, dije que subiría en bicicleta, ¡qué burro! Son 2000 metros de desnivel en sólo 20 km. Esto quiere decir que hay rampas de más del 10 % (y alguna del 15%) una animalada, total, para llegar arriba y dormir en medio de la montaña con una rasca acojonante.
Pero esto no es todo lo que sufre un ciclista en este país. Los niños te tiran piedras (y yo a ellos), los perros te quieren morder (demasiado a menudo) y la gente te quiere tomar el pelo.
Por suerte, llegar a sitios como Petra realmente vale la pena. Un sitio para disfrutar de la belleza de las antigüedades y de la naturaleza, maravilloso. Dentro está lleno de beduinos que te intentan vender alguna antigüedad. He conocido a uno que incluso te vendía chapas de Coca-cola, cartuchos de perdigones y hebillas de cinturón... todo muy viejo, eso sí. El muy cachondo decía, riendo: nabatean, nabatean, y después te enseñaba lámparas de aceite antiguas, confesando: made in Taiwán... increíble. Y le ha vendido delante de mí a un yanqui por 2500 pelas una preciosa lámpara "antiquísima".
Bien, hasta aquí es todo por el momento, mañana pondré rumbo al sur.
Después de duras negociaciones en la embajada Libia, durante dos días sin ningún logro, resulta que voy a comer a un bar de al lado y conozco al agregado comercial de dicho país.
Hablamos largo rato de nuestros respectivos países y le digo que tengo muchas gana de conocer el suyo pero que no tengo suerte con el visado. Me dice que no hay problema que él lo arregla.
Por la tarde tengo el pasaporte en regla listo para emprender el viaje. Mañana salgo para Alejandría y de allí a Libia.
Supongo que tardare poco más de un mes en llegar a Túnez y volver a casa en barco vía Marsella.
 

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