Lunes 20 de Mayo de 2013
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De Pakistán a ChinaKarakorum highw

 

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La Karakorum Highway es una carretera que desafía cualquier principio de la física, la seguridad y la monotonía. A lo largo de más de 1.300 Km, esta carretera inverosímil recorre el valle del río Indo, evidenciando la resistencia humana a las exigencias de la naturaleza. Atravesaremos caminos milenarios sobre de nuestras bicicletas, recorriendo la cordillera más alta de la tierra, el Himalaya. La construcción de la karakorum Highway es una de las obras más atrevidas de la ingeniería humana, con tesoros ocultos a los ojos de visión superficial. La antigua ruta de la seda es la referencia de esta carretera, que atraviesa regiones habitadas por diferentes etnias, que hablan hasta siete idiomas diferentes. Quizás el único rasgo común a lo largo de nuestra aventura, ha sido el Islam, evidenciado por los peregrinos chinos que se dirigen hacia la Meca. Nuestras bicicletas cortan la fisonomía de una carretera llena de pakistaníes i chinos, la mayoría mercaderes, comerciantes, pastores y camioneros, que utilizan esta antigua ruta comercial, donde se ha escrito pasajes de la historia de esta gente.

Nuestro punto de salida es Islamabad, capital de Pakistán. Al otro lado de la KKH nos encontramos Kashgar, en la China. Decidimos hacer el trayecto desde la parte china hacia Islamabad. Así que nos ponemos en marcha, y el mismo día que llegamos a Islamabad cogemos un bus hacia Guilguit, 21 horas de trayecto, en unos sillines tamaño de Torrebruno, donde los niños comen mangos, los adultos llegan a cargar hasta ruedas de tractor, y el conductor se parece al Dioni. La aventura está servida. ¡En marcha! 10 horas después los niños han vomitado los mangos, los adultos siguen cargando cosas, -esto parece el camarote de los hermanos Marx- y el conductor que por lo que parece no descansa, sigue mirando como un camaleón, los dos retrovisores a la vez. Mi cuerpo y mi cabeza, empiezan a notar las horas sin dormir. Finalmente llegamos a Guilguit, las piernas en formación de a cuatro no permiten la verticalidad, Ángel y yo parecemos mimos haciendo de silla. El Rakaposhi, con sus 7.788 metros nos recibe altivamente. Guilguit es punto de parada obligatoria antes de ir hacia Sost, ciudad limítrofe y punto de entrada en territorio chino. Como en toda aventura, la principal facultad de los aventureros es adaptarse a la improvisación, en nuestro caso la frontera de China permanecía cerrada por la nieve. Ángel y yo decidimos aprovechar el tiempo e irnos hacia Skardu, el Chamonix de Pakistán. No por la infraestructura, sino porqué es la última gran ciudad antes de ir hacia las montañas del Himalaya. Aunque este trayecto se desvía de la KKH estamos ansiosos por pedalear en estas tierras. Subimos la carretera flanqueada por el Indo, río entre ríos. Shangrila, el paraíso terrenal nos espera después de cada curva, de cada subida, y nosotros, como actores de una obra sin argumento, movemos las piernas y abrimos los ojos, estos valles, esta carretera, estas montañas, no están hechos a escala humana, las dimensiones parten proporciones, los km parecen eternos, pero lo que vemos bien lo vale.

De regreso a Guilguit cojo una indisposición, que nos hace parar durante tres días, suerte que Qayum nos hace de anfitrión e enfermero. Qayum es la prueba viviente de que la realidad siempre superará la ficción. Qayum habla perfectamente castellano, entiende el catalán y es uno de los personajes más ilustres de Guilguit. En la década de los 70 hasta los 80, estuvo viviendo entre Barcelona e Ibiza. Imaginaros el valor de nuestro encuentro. Los días que estuvimos en Guilguit, la casa de Qayum fue la nuestra, cenando con la luna, su familia i el Rakaposhi. Cada viaje tiene un personaje especial, sin duda alguna Qayum será el nuestro.
Nos marchamos de Guilguit hacia Sost, la carretera es como una serpiente que se diluye con el horizonte, nos permite cruzar puentes, ríos y ver como la gente se detiene a nuestro paso. Somos como dos pingüinos en el desierto. En Sost cogemos un bus, obligatoriamente, hasta Tashkurgan, penúltima parada antes de Kashgar.

Bajamos del bus en Kashgar. Es difícil encontrar palabras para describir el viaje. Si realmente existe el infierno, me lo imagino como un viaje en este bus – y con este chofer – para la eternidad. ¡SORPRESA!!! Y de la chungas. Al bajar las bicicletas veo que la mía está diferente. El manillar y la potencia parecen la torre de Pisa. Intento quejarme, seré estúpido. Imaginaros la escena, desde la Bus Station hasta el lugar donde dormíamos – bien seguro que el más barato de toda China – fui montado en la bicicleta, con un brazo por encima de la cabeza y el otro tocando el asfalto, era el jorobado de Notre Dame en bicicleta. Ángel, versión catalana de McGuiver, y yo conseguimos enderezar más o menos el manillar. La escoliosis la tenía garantizada. Bien, no perdemos tiempo y nos ponemos en marcha; comprar comida, revisar bicicletas, pedir información, etc…

Salimos de Kashgar en dirección al Karakul Lake, a unos 4 días de marcha. Pero antes dormiremos a los pies del Muztagh Ata y del Kongur, de 7.546 y 7.719 metros respectivamente. A sus pies viven poblaciones dispersas de nómadas, que entre ellos hablan en lengua Uygur. Estas tierras han vivido entre caravanas, ladrones y guerreros.

Vemos que llevamos un buen ritmo, las fuerzas nos acompañan y todo es optimismo. Poco a poco vamos haciendo camino, sin dejarnos ningún detalle, somos muy minuciosos en el cuidado de nuestras bicicletas como en aprovechar la maravillosa oportunidad de vivir estos momentos. La región del Karakorum es muy inestable geológicamente, sus montañas están en constante movimiento, es por esto que los desprendimientos forman parte de nuestra rutina. Llevados por un optimismo temerario, y viendo el buen ritmo que llevamos, decidimos desviarnos hacia el valle de Astore, donde nace el coloso de estas tierras, el Nanga Parbat, de 8.125 metros. Durante las semanas que preceden al monzón, la temperatura aumenta increíblemente, el polvo crea una capa permanente sobre nuestra piel, y la progresión se hace muy dura. Llegamos a un lugar sin nombre, jornada muy dura sobre la bicicleta.
El agua – de todos colores, texturas y sabores – a temperatura ambiente hace que mi estómago parezca la mano de un viejo. Decidimos pasar la noche en la nada, una pequeña cabaña hecha con cuatro maderas, cuatro literalmente, nos permite tomar un té antes de meternos en el saco. Atamos las bicicletas, sacamos los sacos y jergones, y a dormir. No hacía ni 20 minutos que estábamos tumbados, cuando un ruido indescriptible y rotundo nos despierta, todo empieza a moverse al ritmo del ruido, la tierra vibra como una de esas máquinas para adelgazar. ¡Hostia Ángel, es un terremoto!!! – esta fue la última cosa que nos dijimos a lo largo de la noche. Nos mirábamos y no podíamos hablar, estábamos de rodillas, como caballitos, bailando al ritmo de la naturaleza. 30 segundos después todo volvió a su lugar, todo menos nuestros corazones, que seguramente ya habían llegado como mínimo a Tortosa. A la mañana siguiente al terremoto nos esperaba la jornada más dura del viaje, 9Km. Las temperaturas eran superiores a los 40 grados antes de las ocho de la mañana. Un camino secundario – la carretera principal estaba cerrada por derrumbamientos – nos tenia que llevar hasta Rupal. ¡JA, JA!!. Una tierra arenosa, arena de playa, unas pendientes superiores al 22% en algunos tramos y 50 grados hacen que después de arrastrar la bici a pie, decidimos plantearnos el tema. En tres horas 9km, y la jornada era de unos 70km. La ecuación era evidente, si no queríamos celebrar las bodas de plata en la KKH, teníamos que regresar.

Antes de llegar al valle de Hunza, en tierras altas de Pakistán, sufrimos una ola de calor indescriptible, superando los 52 grados. Ya sabíamos que el agua hierve a 100 grados, ahora sabemos que la sangre hierve a los 52 grados. El valle de Hunza es un paraíso visual, que demuestra como la tozudez humana por la supervivencia, da sus frutos. Los pobladores de estas tierras han exprimido el precioso y preciado néctar de los glaciares del Karakorum, creando un paisaje verde esmeralda entre el desierto mineral. La proximidad de Guilguit se hace notar en el volumen de tráfico con que nos vamos encontrando. Llevamos más de la mitad del viaje ya hecho, el precio que hemos tenido que pagar por el calor que hemos pasado, empieza a hacerse notar. Nos paramos en cualquier riachuelo, río o charca que nos encontramos. Parecemos elefantes africanos que se tumban en los charcos de agua de la sabana.

Visita obligada a nuestro amigo Qayum en Guilguit. “Os esperaba dentro de una semana” nos dice. Nosotros lo ponemos al día de nuestras aventuras y desventuras. Cenamos con toda la familia. Luna llena, pollo Tandoori, sandía, agua y en vez de puro, Qayum nos ofrece un cigarro manufactura con especias psicotrópicas. “Si le echo una calada llego de un tirón a Pamplona “. Después de cenar, agradecimientos, promesas, y finalmente la despedida definitiva. Los ojos sacan todo el agua no hemos encontrado a lo largo de nuestro viaje, “gracias Qayum y hasta siempre”.

La humedad empieza a hacerse notar en nuestro camino ya hacia Islamabad. Unos 800Km nos faltan por llegar a la capital. El tráfico es cada vez más intenso y la conducción más entretenida. En un principio Ángel y yo habíamos previsto itinerarios alternativos, en caso que el ritmo fuera bueno, y los días previstos para hacer la KKH fueran menos de los estipulados en un principio. En todo caso, ninguna de las dos opciones era viable con las temperaturas que todavía teníamos, y aún más teniendo en cuenta que nos alejábamos totalmente de las zonas habitadas. El tema de abastecimiento –principalmente de agua– nos complicaba las opciones. Con una mirada lo decidimos. Nos encontrábamos en la habitación de un pequeño hotel de Chilas –posiblemente el lugar más conflictivo de la zona, donde la mayoría son musulmanes sunnitas ortodoxos– cuando decidimos avanzar el retorno hacia casa. El objetivo principal era hacer la travesía de la KKH, y esto ya lo teníamos superado. Una vez decidido los planes futuros nos marchamos hacia Shatial, donde pasamos la noche en el lugar más indigente de toda la travesía. Habitaciones con ventanas sin ventanas. Mosquitos con DNI, vecinos curiosos, familiares de los vecinos curiosos, curiosos sin ser vecinos, parecía el “Circ du Soleil”. Nosotros ya nos conformábamos, las manías hace años que las hemos perdido, pero la circulación constante de gente dentro de nuestra habitación, al final se hacía insoportable. Cerramos la puerta, la acuñamos con las bicicletas y nos pusimos a dormir. De golpe, alguien entra en la habitación, las bicicletas caen al suelo, nosotros gritando: ¡otro terremoto NO por favor! Un chico entra y nos dice señalando a su compañero “He’s my cousine”, será hijo de….. Nos da un susto de muerte por presentarnos a su primo. La visita no era de trámite, estuvieron en la habitación más de media hora sin decir palabra. Ángel y yo nos mirábamos buscando la cámara indiscreta. Finalmente pudimos dormir.

De Shatial hasta Islamabad fue un tramo bastante cómodo, bonito, verde. El tiempo nos iba en contra, ya que tuvimos que cambiar los billetes de avión. Es por esto que fuimos muy rápidos hasta la capital.

Dos días para confirmar billetes, comprar cuatro regalitos, cenar y beber como cosacos. Era el final de un gran viaje, exitoso por el recorrido, sus gentes, y especialmente por Ángel Santamariña. La KKH ya formará parte de nosotros para siempre.
 

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