Martes 21 de Mayo de 2013
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Una expedición diferente PDF Imprimir Correo electrónico
En 1999, se hizo una expedición al Annapurna, pero esta vez no se trataba de conseguir la cima, al contrario, los miembros de este grupo se comprometieron a no subir más arriba del Campo 2Una expedición

 

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La expedición se montó con la idea de limpiar el Campo Base, el C1 y el C2 de los restos de materiales dejados por otros alpinistas; cuerdas, tiendas, material, bombonas... Dos de los componentes de esta extraña expedición fueron Eduard Sánchez y Jordi Magallón que aprovecharon la oportunidad para abrir una nueva vía en la montaña próxima de Tilicho de 7.135 m
Rodeados de montañas y sin poder subir. ¿No te parece una condena? ¿Estar aquí al pie de grandes colosos, algunas de las montañas más altas y hermosas de la tierra y no poder subirlas? Jordi asentía en silencio contemplando la silueta de las montañas recortada sobre el cielo estrellado.
Subíamos y bajábamos por el glaciar, morrena arriba, campo uno, campo dos, campo base. Cuerdas para arriba, material para abajo. Una vez que tenemos subvención para venir al Himalaya y nos comprometemos a no subirlo...
Desde el campo dos se ven los Nilgiris, las montañas azules, el Tilicho; grandes montes que forman parte del macizo de los Annapurnas y, como no, los Annapurnas. Imaginábamos rutas por sus faldas, escalábamos difíciles vías, bajo temibles séracs a punto de desprenderse. Corre hay que darse prisa en este tramo, pronto llegaremos a la arista somital.
Mientras recogíamos cuerdas, estacas, latas que luego aplastábamos en el campo a golpes de maza. Trabajar y soñar, parecíamos presos, cautivos de nuestros propios deseos.
Habíamos venido al Annapurna para limpiar sus campos. La basura que se acumula tras repetidas expediciones no se va fácilmente. Nuestra expedición pretendía ser un ejemplo, un llamamiento a los alpinistas para que fueran conscientes de que lo que se sube a la montaña se ha de bajar. Pero en nuestro fuero interno era una oportunidad de estar al pie de uno de estos colosos, y si se terciaba ascender a su cumbre.
Conseguimos el dinero pero los patrocinadores se cercioraron de que iríamos allí para limpiar sin que la cumbre nos distrajera de nuestro trabajo, y firmamos nuestra sentencia... solo se nos permitía ascender hasta el campo dos.
Paradójicamente pagamos el permiso de la montaña al gobierno del Nepal, como si fuéramos a ascenderla. ¡Incluido el impuesto de basuras! Y además por duplicado porque nos pasábamos de personal.
Al poco de acabar de instalar las cuerdas para el campo 1 llegaron los de la tele.
Los de Al Filo estaban en el base para filmar el ocho mil número catorce de Juanito. Con todo su despliegue mediático. Trajeron incluso a Herzog cincuenta años después para la celebración del aniversario. Herzog visiblemente emocionado estuvo largo rato recordando los días que pasaron en la montaña.
Así las cosas, pasábamos los días trabajando en la montaña. Mientras Juanito y compañía subían y bajaban montando sus campos. Nosotros avanzábamos la faena hasta tal punto que habíamos recogido toda la basura (más de 2.000 Kg) antes de que llegaran los de la cadena de televisión que nos había de filmar el trabajo. Para esperarlos, sin desmontar los campos de altura y que pudieran filmar, la expedición nos dio unos días libres.
Con Jordi decidimos echar un vistazo a las cumbres circundantes, quizá otro año podríamos dedicarnos a ellas. Bajamos por la morrena hasta la base del Tilicho. Habíamos visto una posible línea de acceso para la arista oeste y queríamos comprobarlo. Nadie se animó a venir.
Avanzamos por un valle secundario hasta un circo que cierra bajo la cima. La zona era muy peligrosa pero por una pequeña canal se podía llegar a un espolón rocoso que nos conduciría a una gran canal y de allí a la arista somital.
Evaluamos la situación, teníamos comida para varios días, algo de material y nos moríamos de ganas de escalar. Tantos días en el monte nos dieron una buena aclimatación, nos sentíamos fuertes y ansiosos por subirnos a algún lugar.
Nos pusimos a escalar con lo puesto, un boudrier de travesía, una cuerda y botas de trekking. No parecía que fuera a ser una escalada demasiado difícil, pero ya se sabe que desde el suelo todo es más fácil. Ascendimos por un diedro interminable que se iba poniendo tieso. Cada vez más difícil y los pasos se complicaban sin explicación. O quizás fueran las botas.
Pasé momentos de puro miedo escalando casi sin material, sin gatos, sin casco, una sola cuerda... y en eso se desencadena un enorme alud a pocos metros de nosotros. El estruendo fue monumental, tembló la tierra y se levantó una enorme polvareda de nieve que casi me arranca de la pared. Los ojos llenos de nieve y sordo del estruendo seguí subiendo hasta una repisa que me sirvió para sentarme y volver al mundo. Cuando me recuperé del estupor me di cuenta de que faltaba un enorme pedazo de hielo de la parte superior de la pared que teníamos a la derecha. A menos de 200 m había pasado un sérac del tamaño de un bloque de apartamentos y se desplomó después de más de 500 m de caída hasta el glaciar. Puse dos de los cuatro clavos que llevaba y me bajé de allí. En la base descubrimos que el tremendo alud casi se lleva nuestra tienda, aunque solo la rajó de arriba a abajo. Esa noche dormimos en la tienda de altura bajo una gran bóveda de roca que nos protegió de las constantes caídas de hielo que hubo.
Seguimos avanzando metro a metro, por pasajes de dificultad o que lo parecían más por la precariedad de nuestro material. Al fin llegamos al extremo del espolón y pudimos instalar la tienda en una pequeña repisa con nieve suficiente para fundir.
Habíamos hecho lo más difícil, solo quedaba remontar una canal pedregosa hasta alcanzar el hielo que nos unía a la arista oeste. Pero era el cuarto día desde que nos fuimos del Base y hoy llegaban los de la tele. Hay que volver. No podemos dejar esto aquí. En eso estábamos de acuerdo. Dejamos la tienda, el material, pusimos cuerda fija y descendimos al suelo 400 m más abajo.
La llegada al Base no fue muy buena. Había cierto mal estar entre los componentes de la expedición y algunos patrocinadores que llegaron de trekking. Supongo que nos tocó el chivo a nosotros. El caso es que se nos acusó de ir a nuestro rollo y no colaborar, pero ¿no eran vacaciones? Ante el mal rollo y aún con más razones decidimos quedarnos al fin de la expedición y acabar lo que habíamos empezado.
Terminamos nuestro trabajo en el campamento scout, filmamos los reportajes, recogimos toda la porquería, excepto las cuerdas que llevaban al C1, que dejamos para los del filo y que luego no recogieron (es curioso que una expedición de limpieza dejara más de mil metros de cuerdas en la pared, aunque no fuera directamente.) empaquetamos el material y la basura para los porteadores y nos fuimos del base, unos para Katmandú y otros al Tilicho.

LA ESCALADA
Subimos por las cuerdas con una sensación de abandono. Nuestros compañeros se iban valle abajo y nosotros nos quedábamos allí, en la montaña solos. Bueno no del todo, por la radio seguíamos las evoluciones del grupo de TVE. Ascendían al Annapurna al mismo tiempo que nosotros el Tilicho. Nos sentíamos más acompañados oyéndolos por la emisora aunque no nos pudiéramos dar más que apoyo moral. Cuando ellos llegaron a la cima los pudimos felicitar, especialmente a Juanito, desde nuestra tienda del “campo 3”. Allá a casi 7.000 m de altura estábamos en un magnífico balcón desde donde divisábamos el Annapurna en todo su esplendor, magnífico se levantaba imponente ante nuestros ojos tomando el tono rojizo del atardecer. Imaginábamos, más que ver, los campos de nuestros amigos y seguíamos las penurias de un descenso difícil. Era la vigilia de nuestro ascenso a la cima.
Nuestro campo tres se encontraba en un llano que hacía la arista, en una rimaya, bajo un sérac. Alcanzamos la arista por un filo de hielo que se ensanchaba a medida que ganaba altura. Ahora solo nos quedaba recorrer un ancho lomo con poca inclinación que nos llevaría al punto culminante. El día era espléndido. Un sol radiante nos había sacado de nuestro ensimismamiento cuando el enorme disco rojo salió por detrás de la montaña. Andábamos con la dificultad que da la altura, sin encordar, libres de peso. Solo teníamos que llegar arriba hacer fotos y volver. La vista era espléndida, los Annapurnas a un lado, la aridez del mustang al otro y la pendiente que iba convirtiéndose en cima. El punto más alto, el fin de nuestro camino.
Disfrutamos como chiquillos de aquel momento. Habíamos subido casi sin querer una preciosa montaña por un camino que fuimos descubriendo paso a paso, por donde nadie subió hasta entonces. Como premio contemplamos las áridas montañas del Tibet, los Annapurnas, los Nilgiris y el espléndido Dhaulagiri. Habíamos realizado un sueño y desde allí soñamos de nuevo con nuevos caminos por tantas montañas.

EL DESCENSO
El tiempo se complicó a la bajada. De repente llegó el mal tiempo que nos auguraron por radio desde el base de los vascos; al tiempo que nos felicitaban por la cima. Las nubes salieron de no sé dónde pero allí estaban y nos cegaban completamente. Se levantó un fuerte viento, la nieve se levantaba golpeándonos la cara. Bajábamos a ciegas por donde nos pareció que debía ser cuando aún no se había cerrado por completo. La huella era inexistente. El ancho lomo no nos servia de referencia. Pero no podíamos estar demasiado lejos. Nuestro campo estaba muy arriba, no debíamos bajar demasiado o nos pasaríamos.
En aquellos momentos me preguntaba qué coño hacia yo allí arriba. Intentaba vislumbrar la tienda que aún siendo roja no se veía por ningún lado. Parece que vamos a pasar la noche, aquí sentados. Tendremos que acurrucarnos y esperar el día como podamos sin agua ni comida. Los ánimos no estaban para muchas fiestas. Jordi buscaba como un loco en todas direcciones. Tiene que estar aquí, no puede estar lejos. Pero podía estar allí mismo o en cualquier otro lado. No teníamos la certeza de descender hacia ninguna dirección.
Sentados sobre la nieve, acurrucados uno junto al otro, nos dispusimos a esperar la noche. Como si de una visión se tratase, apareció, de repente entre la niebla, ¡la roja silueta de nuestra tienda. Solo fue unos segundos pero fue suficiente para poder alcanzarla. Allí estaba a poco más de cien metros.
Entramos en ella exhaustos fundimos nieve y nos quedamos dormidos sobre los sacos. Por la mañana seguía nevando. Se había acumulado una gran cantidad de nieve obligándonos a abrir huella en el descenso. Tardamos casi tanto en bajar al “campo dos” como lo que habíamos tardado en subir. Montamos la tienda y dormimos como lirones, tranquilos ya, junto a las cuerdas que nos llevarían hasta el suelo.
Recogíamos material y cuerdas a medida que descendíamos. Cargando nuestras espaldas doblándonos hacia adelante para no caer hacia atrás. Nos arrastramos por las rampas de roca, que resbalaban endiabladamente con la nieve recién caída. Hasta que llegamos al suelo firme del valle.
Con más de cincuenta kilos de material remontamos el tramo que ascendía hacia el Base. Nos dolían los huesos, habíamos perdido mucho peso pero en nuestro demacrado rostro se dibujaba una sonrisa. Los estropeados cuerpos escondían nuestra inmensa felicidad.
Tardamos una eternidad en remontar lo que hubiesen sido veinte minutos de paseo hasta el Base. Allí nos unimos a la celebración. Para algunos seria el último de una lista, para otros uno más. Para nosotros fue como un sueño.
 

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